Comunicadora

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Abriendo puertas en el camino

De tantos pasos andados en un día, pocas veces reparamos en la cantidad de mundos que nos cruzamos en el andar. Esos mundos llevados por personas con sus historias, sus vínculos, sus lugares, proyectos e ideas. Que ilimitadamente grande sería el día si se registrara la realidad de quienes nos rodean, ¿hasta abrumador, no te parece?.

 

Por el contrario, que sensación distinta es centrarse en el mundo de uno, el que ya tiene sus personajes que ingresaron por un acuerdo registrado, parecería más tranquilo, pero también más limitado. Dibujamos fronteras de conocidos que ingresan y desconocidos que no vemos si quiera. Es que uno no se acostumbró a andar por la vida regalando sonrisas, o dirigiendo la palabra a quien no conoce, porque la respuesta por lo general, sería la duda de si ya nos conocimos, o si la otra persona tendrá algún disturbio. Que pobreza nos implica cargar esos prejuicios. Y que riqueza daría llevarnos de cada día, un mundo nuevo a nuestra vida, un desconocido que pase la barrera de la indiferencia.

 

La prueba entonces me la llevo puesta a mi rutina en permitirme romper esas barreras simplemente con cordialidad y gratitud. En la espera de un colectivo o la entrega de un objeto caído son oportunidades para crear un vínculo en la calle, eso no implicará que tengamos una amistad de toda la vida, sino un encuentro de intercambio que podrá darme una sonrisa, un gesto amable, pero por sobre todo un viaje corto a ese mundo del que no conozco y no soy parte, tampoco pretendo serlo pero respetarlo me da una mirada más amplia.

 

Y en mi rutina me falta bastante, pero experiencias así tengo algunas. Dos que me gustaría compartir. Una en el aeropuerto de Orly Paris,  en la espera de un vuelo demorado hacia Barcelona, siendo la espera quien me orientó a comenzar un diálogo con quien tenía al lado, hoy es una amiga viajera, se llama Dolores, vive en Ecuador y ha abierto su casa y amistad para cuando allí quiera ir. Compartimos las novedades, nos saludamos en nuestras fechas importantes de fiestas o cumpleaños y guardamos ese recuerdo como el inicio de una charla que ya tiene unos 7 años.

 

Otra espera también fue la causante de una conversación en la fila del colectivo en San Telmo, nos sumamos 4 personas, todas mujeres, y en grupo decidimos ir en búsqueda de otra parada, sospechando que habría un cambio de recorrido. En ese trayecto y charla nos divertimos como si ya nos conociéramos. Al venir el colectivo, yo esperaba uno distinto, así que la despedida incluyó abrazos y saludos para mis señoras amables de esa esquina. Entre ellas seguramente algo más habrán intercambiado porque ya compartían intereses en destinos de costa y lugares comunes.

 

¿Qué tiene de entretenido eso, te preguntarás?, mi respuesta es sencillamente ampliar y compartir. La satisfacción que me da esa risa desinteresada puede más que al tiempo que me retrotraigo en mis auriculares y pensamientos sin novedad. Es que en los vínculos sociales podemos construirnos en personas con mayor libertad, sin ataduras de prejuicios o vergüenza de miradas oprimidas.

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